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El mundo Inca
 

Desde mediados del siglo XV hasta 1532, cuando los conquistadores españoles llegaron a Perú, gran parte del Noroeste y centro Oeste del actual territorio argentino fue incorporado al estado Inca, gobernado entonces por Pachacuti o Pachacutec, el Noveno Inca, conocido como “El Reformador del Mundo”.

Antes de la expansión Incaica, la región andina estaba ocupada por numerosas y florecientes poblaciones o ayllus, unidas bajo el mando de jefes o caciques llamados Hatun Curaca.

Los Incas extendieron sus fronteras y dominación por los Andes, ocupando un territorio que abarcó parte de los actuales países de Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile y Argentina. El espacio geográfico estaba pensado y dividido en cuatro regiones o suyus, que unidos formaban el Tawantinsuyu, con su centro principal en el Cusco, que no era una ciudad como las actuales, sino una zona sagrada, un recinto de poder, el centro del cosmos incaico.

Cada región tenía su nombre: el Chinchaysuyu al noroeste, el Antisuyu al nordeste, el Collasuyu hacia el sudeste y el Cuntisuyu, al Sur y sudoeste del Cusco, conformando uno de los estados más extensos y poblados de la América prehispánica.

Utilizaron un sistema unificador basado en un estricto control y pago de tributos al Inca y a toda la jerarquía de curacas; impusieron la lengua quechua, controlaron los recursos naturales y la producción agrícola, ganadera y minera de diferentes pisos ecológicos, generando una economía autosuficiente.
 

La circulación continua de bienes y tributos a través del territorio estaba asegurada por un sistema de caminos, que unían diferentes poblados, zonas de producción y centros administrativos. En su recorrido se ubicaban numerosos edificios, desde tambos o postas de mediano o escaso tamaño hasta centros administrativos enormes. Esparcidos por los caminos había también postas para los chasquis o corredores, puestos de control en los cruces de los puentes y en lugares estratégicos, adoratorios y apachetas. La red de caminos sirvió como instrumento de integración política y simbólica.

La arquitectura incaica se diseñó en base a las necesidades del Estado: cuarteles para alojar ejércitos, edificios administrativos para fines burocráticos y almacenes para guardar los bienes que se recibían como pago de los tributos.

Las obras de ingeniería del Estado crearon una red de caminos y puentes para el tránsito de personas y bienes.
Gracias al riego artificial y al cultivo en terrazas, transformaron en productivas tierras de escaso valor agrícola. Su poder les permitió disponer de mano de obra para construir grandes obras en los lugares difíciles como las montañas a más de seis mil metros de altura.

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